martes, 1 de octubre de 2019

Luces.

Ya son las 6:25 el lugar está solo.

Sólo se escucha el zumbido de los enfriadores y el motor del scrubber.

A lo lejos puedo ver que la gerente sigue en su oficina.

Estoy en mi mesa de trabajo, no es mía, pero aquí la gente se apropia de las cosas y no puedo usar alguna otra porque después se molestan.

Hay doce matraces de cien mililitros frente a mí, están llenos de ácido sulfúrico. Un poco más a la derecha, tengo doce pipetas. Soy muy malo haciendo esto, he visto a personas hacerlo en menos de media hora y yo ya tengo dos horas aquí con lo mismo. Ya estoy harto. Tengo poco más de dos meses en este lugar y todo me parece horrible. ¿Qué estoy haciendo aquí? Esto es un horno, tengo ácido en mi cara y mi cabello. Odio estas botas tan incómodas.

Y una vez más estoy haciendo lo que mejor sé hacer, quedarme observando mientras en mi mente hay miles de cosas sin sentido. Han pasado otros treinta minutos mientras yo sólo observo mi reflejo en los matraces.

La gerente ya se fue, se despidió sólo agitando su mano desde lo lejos. Ella me cae bien.

Me esforcé mucho para llegar aquí, por fin estoy aquí. Es difícil tener que venir a trabajar con personas que no me quieren, pero ya estoy aquí.

Me rindo, no sé lo que estoy haciendo y de todos modos estos resultados los están esperando desde las nueve de la mañana, supongo que no habrá mucha diferencia.

Apagué la luz, prácticamente era la única que iluminaba el pasillo. Es deprimente el silencio entre el ruido de las máquinas. Salgo, el estacionamiento está vacío. Excepto por el vocho que está ahí esperándome. Hay poca luz, todo es deprimente. Sólo espero llegar al vocho mientras deseo que no me deje tirado otra vez.

Han pasado cinco años.

Ya estamos instalados en otro edificio, todo ahora es más moderno. Salgo tarde una vez más, hay poca luz, todo sigue siendo deprimente. Esta vez no odio a la gente del trabajo, aprendí a trabajar con ellos y ellos a trabajar conmigo. Hay poca luz, muy poca luz, salgo caminando a buscar un taxi porque no recuerdo cuál de todas las tragedias fue la que me dejó sin vocho, sin civic o sin jetta.

Un día, así de repente, después de cosas que aún no me he podido explicar, estoy en el comedor rodeado de mis compañeros, todos se despiden de mí, me abrazan y me desean lo mejor. Espero que yo les hubiera podido desear algo igual. Lo dudo mucho, nunca he sido bueno para eso. Pero lo aprecié tanto que aún lo recuerdo.

Hoy salgo cansado otra vez, con poca luz y clima deprimente. Salgo y lo primero que veo es la vista que tenía hace ocho años. Exactamente la misma vista. Me es inevitable no imaginar al vocho en el mismo cajón en el que me estaciono actualmente. Me es inevitable verme ahí sentado, pensando en la nada. Los recuerdos me envuelven muy cabrón, todos los días. A veces quisiera poder regresar en el tiempo y decirme que todo estará bien, que no soy tan pendejo después de todo y que llegaré lejos aunque el camino más difícil siempre haya sido el que tengo en la mente.

Esa casualidad de regresar al mismo lugar, al mismo lugar en el que todo es diferente, me ha servido para darme cuenta de muchas cosas que en su momento no conocía.

Sólo espero no volverme loco.

De esto he escrito infinidad de veces, siempre hay algo que detona algún detalle adicional, algo que estaba ahí enterrado y que sale para recordarme lo miserable que me he sentido. Como una mano que sale de la tierra para sujetarme y hundirme.

Algo que empiezo a escribir como un bonito recuerdo, siempre termina siendo esa parte de mí que no quiero ser.