sábado, 30 de noviembre de 2019

Laberinto.

Todo cambió de forma muy drástica desde que inició octubre.

Aún siento que no tengo tiempo de nada, pero en realidad eso sólo pasa en mi cabeza. He aprendido poco a poco a dar prioridad a las cosas, cuando todo sale bien, todo resulta en un día muy productivo.

Por un lado, tener la mente ocupada ha dado muy buen resultado, los ataques de depresión no habían estado presentes, hasta ayer. Ayer todo se fue a la mierda, me puse a tomar y parece que salió todo lo que tenía acumulado. Me quedé paralizado y en mi mente sólo había muchas formas de morir. Los aparentes gritos de auxilio a veces me sacan mucho de onda.

Hoy todo está bien, creo.

No sé si sea por la época, pero hace un año era igual o más ermitaño de lo que soy. Eso me llevó a dejarme caer aún más en el vicio y temo que vuelva a ocurrir. Últimamente he estado poniendo mucha atención a eso. Me sigue gustando, el vicio es hermoso, pero ya no estoy a gusto con el impacto físico que he tenido.

Hace unos días estaba en un semáforo, a un lado estaban unos hombres fumando afuera de un AA, les soy honesto, me quedé pensando el resto del día. ¿Debería ir a un lugar de esos? Le di muchas vueltas en mi cabeza, demasiadas. Creo que mi caso no ha llegado a tanto, puedo dejarlo cuando yo quiera, lo sé porque incluso hay días en los que me da asco. No me considero capaz de llegar a tanto.

El tiempo en mi cabeza ya no pasa como antes. Incluso me olvidé de este lugar, le fallé a octubre y octubre me falló a mí. Una de mis mejores amigas me invitó a tomar disfrazados y siento que le fallé. Algo tan sencillo me tiene muy agobiado, no sé creo que le fallé a ella y a la tradición.

Noviembre fue muy bonito, estuve igual, muy ocupado, pero pude viajar y ver a mis amigos en la ciudad de México una vez más. Aprecio mucho lo que hacen por mí. Llegar al concierto con esa persona y estar con ella aunque fuera un corto tiempo, eso también estuvo muy chingón.

El año está por terminar, espero mi mente no me mate antes para poder escribir sobre el mes de diciembre. Se supone que todo debe ser mejor.

Se supone.

martes, 1 de octubre de 2019

Luces.

Ya son las 6:25 el lugar está solo.

Sólo se escucha el zumbido de los enfriadores y el motor del scrubber.

A lo lejos puedo ver que la gerente sigue en su oficina.

Estoy en mi mesa de trabajo, no es mía, pero aquí la gente se apropia de las cosas y no puedo usar alguna otra porque después se molestan.

Hay doce matraces de cien mililitros frente a mí, están llenos de ácido sulfúrico. Un poco más a la derecha, tengo doce pipetas. Soy muy malo haciendo esto, he visto a personas hacerlo en menos de media hora y yo ya tengo dos horas aquí con lo mismo. Ya estoy harto. Tengo poco más de dos meses en este lugar y todo me parece horrible. ¿Qué estoy haciendo aquí? Esto es un horno, tengo ácido en mi cara y mi cabello. Odio estas botas tan incómodas.

Y una vez más estoy haciendo lo que mejor sé hacer, quedarme observando mientras en mi mente hay miles de cosas sin sentido. Han pasado otros treinta minutos mientras yo sólo observo mi reflejo en los matraces.

La gerente ya se fue, se despidió sólo agitando su mano desde lo lejos. Ella me cae bien.

Me esforcé mucho para llegar aquí, por fin estoy aquí. Es difícil tener que venir a trabajar con personas que no me quieren, pero ya estoy aquí.

Me rindo, no sé lo que estoy haciendo y de todos modos estos resultados los están esperando desde las nueve de la mañana, supongo que no habrá mucha diferencia.

Apagué la luz, prácticamente era la única que iluminaba el pasillo. Es deprimente el silencio entre el ruido de las máquinas. Salgo, el estacionamiento está vacío. Excepto por el vocho que está ahí esperándome. Hay poca luz, todo es deprimente. Sólo espero llegar al vocho mientras deseo que no me deje tirado otra vez.

Han pasado cinco años.

Ya estamos instalados en otro edificio, todo ahora es más moderno. Salgo tarde una vez más, hay poca luz, todo sigue siendo deprimente. Esta vez no odio a la gente del trabajo, aprendí a trabajar con ellos y ellos a trabajar conmigo. Hay poca luz, muy poca luz, salgo caminando a buscar un taxi porque no recuerdo cuál de todas las tragedias fue la que me dejó sin vocho, sin civic o sin jetta.

Un día, así de repente, después de cosas que aún no me he podido explicar, estoy en el comedor rodeado de mis compañeros, todos se despiden de mí, me abrazan y me desean lo mejor. Espero que yo les hubiera podido desear algo igual. Lo dudo mucho, nunca he sido bueno para eso. Pero lo aprecié tanto que aún lo recuerdo.

Hoy salgo cansado otra vez, con poca luz y clima deprimente. Salgo y lo primero que veo es la vista que tenía hace ocho años. Exactamente la misma vista. Me es inevitable no imaginar al vocho en el mismo cajón en el que me estaciono actualmente. Me es inevitable verme ahí sentado, pensando en la nada. Los recuerdos me envuelven muy cabrón, todos los días. A veces quisiera poder regresar en el tiempo y decirme que todo estará bien, que no soy tan pendejo después de todo y que llegaré lejos aunque el camino más difícil siempre haya sido el que tengo en la mente.

Esa casualidad de regresar al mismo lugar, al mismo lugar en el que todo es diferente, me ha servido para darme cuenta de muchas cosas que en su momento no conocía.

Sólo espero no volverme loco.

De esto he escrito infinidad de veces, siempre hay algo que detona algún detalle adicional, algo que estaba ahí enterrado y que sale para recordarme lo miserable que me he sentido. Como una mano que sale de la tierra para sujetarme y hundirme.

Algo que empiezo a escribir como un bonito recuerdo, siempre termina siendo esa parte de mí que no quiero ser.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Amanecer.

No puedo dejar de verme.

En una mesa rodeado de niños con los que me es imposible hablar, viendo cómo todos se divierten o hacen lo que tienen que hacer, mientras yo estoy con la mente en otro lado, imaginando cosas que no entiendo, formando figuras inexistentes en mi mente. Salgo al patio, hay niños jugando, yo sólo me siento a ver. No entiendo de qué se trata esto, no sé lo que se debe hacer aquí, sólo sé que mi mamá me trae todos los días y espera por mí todos los días a la misma hora.

Estoy sentado en una esquina de la calle, temeroso esperando a que pase el camión, temo avisar a mi madre que ya se acerca el camión, no sé si sea o no, porque no sé leer y todos son de distintos colores. Aún así, siendo un idiota, mi madre confía en mí para que yo le avise cuando el camión esté cerca.

Mi madre me dio dinero, quiero ir a la tienda a comprar un gansito o cualquier otra cosa que me alcance. Salgo a la calle y a lo lejos veo a mi hermano y sus amigos, para llegar a la tienda tengo que pasar por ahí, me da miedo porque no sé si me van a decir cosas o sí se van a burlar de mi cuando venga de regreso con mi gansito.

Mi madre me levantó temprano para llevarme a la natación, es sábado, no sé por qué tengo que ir o para qué. Detesto el olor del cloro en la alberca, odio la actitud de la entrenadora y no me llevo bien con los demás niños. Aún así, me llevan a nadar. En el camino mi madre me pregunta que si al salir de nadar me gustaría pasar a rentar un juego de Super Nintendo.

Estoy de pie en la puerta de la escuela, veo cómo mi madre se aleja poco a poco. Voy caminando hacia mi salón pero en el camino una maestra me detiene. Me toma de la mano y me lleva a la dirección, yo no debía estar ahí, ese día era la peregrinación, todos tenían que ir, es por eso que no habría clase. Pero yo, como soy un idiota que nunca pone atención, nunca me entero de las cosas. Estuve ahí esperando a que pasaran por mí, sería un buen rato, los celulares son prácticamente inexistentes, para avisar a mi madre tienen que esperar a que llegue a casa para después hacerla regresar.

Llego al salón y veo que todos los niños tenían bicicletas, pregunté por la mía, pero me entero de que cada quien debía llevar su bicicleta. Todos las adornaron con flores y con globos, un niño incluso llevaba un carrito de esos que tienen pedales, estaba forrado de negro y tenía el logo de batman, era el batimóvil. Recuerdo bien su nombre, se llamaba Pablo, era un niño al que se siempre se le salían los mocos. Yo estaba ahí de pie, viendo a los niños circular en sus bicicletas, algunos acompañados de sus papás. Era el desfile de la primavera, pero nunca me enteré, porque cuando dieron el aviso, yo estaba sentado en mi lugar, pensando en otras cosas, viendo figuras en mi mente. De todos modos no tenía bicicleta y aunque tuviera, no sabía andar en ella.

Estoy acostado, viendo a la nada, confundido, pensando que soy flojo, sin entender el problema real.

No puedo dejar de verme, no puedo dejar de pensar en esa gran persona que fui, esa persona de la que no queda nada. Me veo y me dan ganas de abrazarme. A veces me pregunto cómo fue que desaparecí, cómo pudo ser posible el cambio, pero es fácil entenderlo después de desenterrar tantos recuerdos, esos recuerdos tan sencillos, tan sin chiste, tan equis. En cambio, los peores recuerdos son más fugaces, esos sólo se hacen notar y se apartan de inmediato.

¿Qué hubiera sido de mí si alguien me hubiera entendido? Jamás lo sabré.