Fuera del departamento hay un gran árbol, enorme, hermoso.
Los cúmulos de hojas a sus pies lo hacen más imponente, resaltan sus años.
Vestigios de un columpio cuelgan de una de sus ramas: cadenas oxidadas.
Sólo cadenas, en las que alguna vez alguien se columpió y fue feliz.
En las que alguna vez alguien se sentó a llorar.
Me dejo caer en el sofá y lo observo; es habitual. Es lo que hago, lo que me gusta.
Frecuentemente, en una de sus grandes ramas, veo a la ardilla que ahí habita. Una gran ardilla, de buen tamaño y algo amigable.
También, por alguna razón, en una de esas grandes ramas me imagino a mí mismo, me veo ahí, con una soga.
Al mismo tiempo pienso en lo mucho que extrañaré la vista.
Extraño algo que aún tengo, pero sé que algún día no tendré.
Y pienso también en eso que ya no es, eso que quedó atrás.
Años atrás.
No lo extraño, sólo lo pienso, sólo está ahí.
Mientras ese árbol siga en pie, las cadenas también.
Y yo?
Yo no sé cuánto tiempo estaré aquí.